sábado, 2 de julio de 2016

Déjate

A los 26 aprendo que no estoy lista.
Que mi cuerpo no soporta la rabia
y que la rabia no sostiene las almas,
que soy como las nubes.
Que viajo en un interior tan desconocido
como el vecino que espía
entre las ventanas.
Que puedo herir(me)
sin dejar rastro,
y que la última vez que me vi al espejo
no era yo el poema.





miércoles, 11 de noviembre de 2015

Lo que quiero ser

Descubrí el tiempo en una cápsula de ámbar,
la ciencia en un cuento,
la mezquindad en mí.

Quiero ser un loco suelto,
tener la libertad que no se tiene,
que no se gana,
para merecer una palabra más y no más rutina.

El frío está por dentro,
al igual que la fe.
Y por eso nos hace temblar el silencio.



Palacio de nombres - Te estoy respondiendo

Tal vez solo me hablo a mí misma. Huele a herrumbre. Lo odio. Los labios están secos. se sienten carrasposos al tacto vital entre ellos cuando soplo,
cuando como,
cuando bebo,
cuando hablo.

Persigo sin sentido la sonoridad de un recuerdo que baila por el cuarto. Sí, suena, como un radio al fondo de un túnel, y yo sigo su música creyendo que puedo tocar la imagen que habita en mi cabeza. Todo está tan quieto que puedo sentir cómo me aprieta la cabeza, con unas manos calientes de tanto respirar sol y desierto. Corro con mi red para atrapar hologramas, pero son ellos los que me alcanzan. Así son los (tus) recuerdos: ingratos.

Del otro lado todos están enfermos.

                                 Tosen, se rascan.

La ciudad enferma da un paso atrás, se aparta.

Huele a lluvia. Pero el olor a lluvia sí me gusta, me hace pensar en abrazos y calor humano. Me hace pensar que tal vez no me has olvidado del todo. ¿O me he olvidado yo del todo?

¿Me hablo a mí misma?

La memoria responde y esto se me parece más a un monólogo. No sería preciso decir que puedes escucharme a esta distancia. Estás muy lejos ahora para eso. Estás muy lejos para preocuparte por mí. ¿Alguna vez lo hiciste?

¿Alguna vez me preocupé yo de mí?

Si preocuparse fuera sólo pensar, estaríamos enamorados incluso del aburrimiento.

Aparté las tablas y los escombros, y me escondí debajo de ellos. Tal vez para no estorbar me senté entre los estorbos. Miré sobre mi hombro y, sola, ya no me sentí herida.

¿Debí avanzar?

Ser un peligro no fue una consideración, solo una demagogia. Ser alguien no era una opción, porque temías que me comiera tu corazón. El hambre puede despertar con una manera, un gesto, una razón para poseerte. Un motivo, el que más me gustara, para delatarte como un arraigo secreto. Reclamado, te picarías en varias partes para complacerte y complacer los latidos que sembraste por otros territorios. Vivirías muy lentamente. Morirías sin sentir un poquito de amor.

Allá, acá, Te mueves demasiado, ¿dónde descansas tú? ¿por qué no descansas aquí?

Se me amontonan muchos nombres, como estrellas. Como granitos de azúcar, dulces pero imperceptibles... a menos que se junten todos dentro de la boca. Saliva, dulce, paladar, los ojos cerrados. Se amontonan los nombres de los que estuvieron porque sí, y me pregunto si tuvieron algún propósito. Si de verdad los quise ahí, donde permanecieron como estatuas de sal. Ya no es azúcar, es sal. Escupo todo hacia el mar, no quiero más, ¡no quiero a nadie!

¿Se borran los sabores de la memoria? ¿Se borran los nombres? ¿Las identidades?

¿Debo sentir culpa por volver siempre al mismo punto? Me persigue la memoria desde que la conquisté como mi nirvana privado y consecuente.

Manipulo mi registro mental. Decido que ahora no puedo extrañar a nadie.

Sería un peligro.

Y no puedo ser un peligro para mí misma.

O moriré antes de saberme viva.





jueves, 29 de octubre de 2015

La parte oculta / Lucha por dentro

Mucho o poco sabes de mí. A veces incluso te crees dueña, todopoderosa, trascendental. Pero no importa cuántas noches te desveles o si durante los silencios te ocupas solo de olvidar, no conseguirás desprenderte de esta piel. Insisto como un eco que se quedó atrapado en el túnel de tu oído izquierdo, mientras te susurras por el derecho que todo estará bien. Te sacudo las costillas, mientras te das palmaditas en los hombros. Te hago trenzas para enredar más tu cabello, mientras te pasas el secador por las mañanas. No conseguirás desprenderte de este espíritu.

Hoy finalmente me acostumbraré a ser quien soy. La resistencia encontrará su fin, como un auto que se detiene en la luz amarilla poco a poco hasta que, sin darse cuenta, ya está quieto y poniéndose a tono. Como los locos que se mienten a sí mismos para crearse el mundo cuerdo, obligados a pertenecer a él, me obligaré a quererte y veré cuánto dura esta farsa. No prometo nada, excepto una cálida bienvenida para comenzar.

Ese día me costó tranquilizar mis nervios. Qué sería de mí sin una contradicción, sin un enemigo, sin un revés. La parte oculta de nadie no se está quieta en la quietud. La armonía no es lo suyo. Algo me inventaré para que vuelvas a mí, llena de odio, y te precipites a reclamar territorios y a declararme la guerra. No puedo dejar de existir, empequeñecida por esta nueva grandeza tuya que se cree celestial y poderosa como para quitarme poderes y sentarme en un rincón del salón. ¡Castigada! ¡Sí! ¡A eso me has sometido! A tu castigo.

Había pasado un mes de plena luz y calma, cuando una noche te acercaste a mí y me dijiste mentiras. Recuerdo que apenas había metido un pie en la cama. Sabía que eran mentiras, porque durante las noches es lo único que sabes hacer: martirizarme con trucos para provocarme el insomnio. Pero comencé a contar vacas, luego, para que el sueño fuera más ligero, conté ovejas, y cuando llegué a las 161 (odias los números capicúas) me quedé profundamente dormida. Sin embargo, al día siguiente no me sentía para nada bien, y un cansancio terrible consumía toda vitalidad. Mi jefe me miró poco complacido, y me dijo que me fuera a casa. El tedio era grande, no tenía ganas de nada, y escuché decir a la nueva chica de Recursos Humanos "¡ja! yo sabía que no se podía ser tan perfecta!".

Días más tarde volví. Te habías recuperado del resfriado misterioso, diagnóstico que resolviste darle porque no tenía nombre alguno aquel desgano tuyo. Decidí que no te asediaría durante la enfermedad, porque ni a ti ni a mí nos gusta que nos fastidien en épocas rumiantes. ¡Ja! Pero una vez que te vi recuperada, probándote un jean en una tienda del centro, volví. Esta vez con más inseguridades que nunca para jugar en tu contra, aprovechando que podía comenzar por recriminarte ese físico descuidado que comenzaste a padecer desde que abandonaste la universidad.

Gané la batalla contra ti y contra el jean, y pagué además por una camisa hermosa que jamás me pondría, pero que me parecía perfecta en todo sentido. Salí tan confiada, que estuve a punto de llamar a Raúl, de escribirle a la chica de Recursos Humanos que era una tonta, y de hacerme un tatuaje bajo la oreja izquierda, cerca de la nuca. Pero me calmé. Comencé a caminar más despacio, a mirar el cielo, los árboles. El calor me achicharraba los ojos, pero en cuanto encontraba una sombra tenía chance de percibir una brisita otoñal. 

Fue entonces cuando te diste cuenta de cuán importante era yo en tu vida, de que mi poder oscuro era una fuerza milenaria que te atraía hacia el bienestar, que había en mí más satisfacciones que amarguras. Que sin batallar contigo no puedes vivir feliz.



martes, 15 de septiembre de 2015

Anticuario (II) El tiburón y la anguila

Me esforcé en olvidar mi temporada en Bergen. Excepto a Doris, la Doris imaginaria que inspiró mis submundos más secretos. Ella permanecía como una música en mi cabeza, sonando y sonando sin parar, pidiéndome bailar a su compás. "Ya te sigo", me dije en silencio. Y miré mi pequeña figurilla de metal de la iglesia de Santa María, un recuerdito de turista, vago y encaprichado, de aquella ciudad de la lluvia. "Tendré miles de figurillas de todas las partes del mundo".

También volví a casa con la enciclopedia gráfica "Kuriositeter havet" ("Curiosidades del mar"), libro que el profesor Haldor me obsequió el último día de conferencias. Recuerdo que fue el único día que encontré algo de paz. El resto fue murmullo de egos, pasillos de murmullos, música de pasillos y almas sin música. Fede parecía pasarla tan bien en la burbuja ciencisocialité, que en las mañanas despertaba con el pensamiento de que era yo la que estaba "mal". La idea sigue allí. Pero ya no me agobia.

Haldor parecía comprender mi mal humor, aunque sospecho que relacionarme con él fue solo un síntoma más de mi estado anímico. Tan quejumbroso como yo, encontró en mí el organismo perfecto para alimentarse. Y viceversa. Parasitario y poco comprendido, Haldor era bueno pero odiado por la mayoría de sus colegas. Solo yo, que odiaba a los odiosos tanto como a los querendones en Bergen, podía aceptarlo sin expresar mayor cosa.

  ***

—¿Qué esperabas Magda?
—Que él me quisiera.
—Era un objeto del deseo.
—Solo mío, Yuga.
—Tú quieres creer eso... pero desde aquí se ve diferente.

Colgué. Yuga era demasiado directa. No me convenía, porque desataría la máquina de teorías, posibles ángulos, daría la vuelta al tema como un círculo, me comería mi propia cola. Tampoco quería muchas palabras, cuando hay muchas palabras suena todo falso y frágil... como si las frases reconfortantes fueran portátiles e intercambiables. ¿Qué quería? Quería que me quisiera. Pero Dago jamás me quiso.

Fede me lo dijo tantas veces, que casi lo culpo de brujo. Lo repetía con vehemencia y certeza, como si escondiera una magia oscura y poderosa, un mantra contra el amor. Pero no, no había tal cosa en Fede. Tan lindo, tan cortés, tan celoso, tan amigo. Cuando quise culparlo, me abalancé sobre él y lloré. Y recordé que realmente lo odiaba por tener la razón. Lo odiaba, pero solo un poquito, como cuando sientes que te han robado la última palabra en una discusión tensa y larga.

Al despedirme en el aeropuerto, me preguntaba qué demonios podría hacer Fede en una ciudad noruega con gente tan fría como sus siete montañas. Fría como Dago. Pensé en la imagen de la playa que vino a mi mente cuando lo conocí, y de pronto, seducida por la rabia, lo transformé todo en hielo. "Doris, espero que jamás hayas conocido a un Dago".

***

"Curiosidades del mar" resultó ser un libro curioso en verdad. Repasé algunas de las especies, y no paré de reír y de superar mi escepticismo con algunas de ellas. Haldor era un tipo bueno, pero odiado por todos porque no podían superar su escepticismo hacia él. Le escribí.

Eres una curiosidad del mar. Una anguila jardinera. Espero que estés bien.

Era de noche, no había nada que hacer. Ojeaba la enciclopedia mientras escuchaba un viejo CD de Madrugada, la única banda noruega que no me recordaba a las nuevas series de vampiros. Como una especie de plus personal, el hecho de que el grupo se llamara Madrugada y que me acompañara de fondo musical a las 2:00 am era un acontecimiento bastante simpático, a mi modo de ver las cosas. 

No esperaba respuesta de mi anguila jardinera, así que pegué un brinco cuando repicó el celular.

—Magda, ¿estás en casa?
—A estas horas, ¿dónde más voy a estar Yuga?
—Olek y Natia están aquí, en mi casa, y quieren conocerte. 
—Olek... y...
—Olek y Natia. Viejos amigos del Instituto de Investigaciones Marinas de Colonia.
—¿Qué? ¿Quieres que hable de trabajo un viernes por la noche?
—¡Me has estado evitando Magda! Por teléfono, en persona, por todos lados. Bergen te ha cambiado...
—¿Qué?
—El frío te pegó en la cabeza... y se te quedó ahí.
—¡Voy para tu casa ya mismo Yuga! ¡Bergen quedó atrás! Quizá... solo me falta salir más de casa.

Cerré la puerta del apartamento. Bajé las escaleras como un fantasma, como si viviera en una dimensión sin tiempo. Estaba segura de que me había desplazado como un adolescente desganado, muy, muy lento. Pero llegué a la puerta del edificio realmente rápido. Solo pensaba. Aceptar que Yuga tenía razón y que debía "salir de casa" era concederle, sin querer, poderes sobrenaturales para que hiciera de mi voluntad un montón de escarcha y papelillos. Pero era tan molesto que me comparara con la Magda de aquel recuerdo, que solo debería ser un recuerdo y no un ahora, que prefería ceder. "¿Es enojo o miedo?", me pregunté. 

***

La última copa de vino se estrelló contra el suelo. Para algunos podría ser mala suerte, pero para mí significaba que la estábamos pasando bien. Natia era una chica sensible, pero lo suficientemente alocada para dejarse llevar y no reparar en emociones poco prácticas. Olek era callado, pero reía mucho y eso era suficiente. Yuga, con su combinación asiática y chilena, había heredado el talento para animar la fiesta si a alguno se le ocurría ponerle fin con un comentario demasiado adulto. "Mañana debo trabajar" y "No debería beber demasiado" se guardaban en el cajón de frases coherentes y se dejaban para otro tipo de reuniones. Para cualquier otro tipo de reuniones, menos las que se hacían bajo el techo de Yuga.

—Siempre he querido ir a las conferencias sobre investigaciones marinas en Bergen.
—Aburrido.
—Yo he ido. Doy fe de que uno se entera de descubrimientos casi increíbles—, dijo Natia con voz aguda, tratando de descubrir en mi siguiente reacción la causa de mi negación. 
—Bueno —, dije, alzando el rostro y acomodando la postura. Me tocaba decir algo importante, y tendencioso. —Yo hice un gran descubrimiento. Vi con mis propios ojos una anguila jardinera.

Yuga se echó a reír como nunca. Sus ojitos chatos casi desaparecían entre tanta contentura inflada de risas. Natia me miró ligeramente impresionada, realmente su expresión no había cambiado desde su última intervención. No sabía si me ignoraba, o si solo estaba pasada de copas. 

Mientras una se estremecía en la alfombra, como un pez fuera del agua borbotando carcajadas, la otra permanecía inmóvil con los ojos fijos. Olek irrumpió la escena. 

—Imposible.
—No me extraña. Todos reaccionan con escepticismo. 

Nadie cree en las anguilas jardineras. Deberías dar una señal, para comprobar que existes. 

Le escribí un segundo mensaje a Haldor. Esta vez esperaba que respondiera. Era casi un reclamo. Lo podía notar en mi tono y en la puntuación marcando pausas indebidas. Lo podía notar también en la falta de signos de interrogación, que, de estar allí, propondrían un coqueteo (¿Deberías dar una señal, Haldor?), y en la ausencia de signos de exclamación. Esos seguro me sacarían de un apuro, dejando a relucir una tonta sorpresa (¡Nadie cree en las anguilas jardineras!). "¿Qué hice?", me dije en voz baja. Nadie pareció escuchar. 

Entonces, Natia salió de su trance y de un solo golpe me sacó del mío. 

—Yo también hice un gran descubrimiento en Bergen. Un tiburón zorro. ¡No! Más bien, con un tiburón tigre. Escamas verdes azuladas, ojos flamantes. ¡Majestuoso tiburón tigre! Nadaba bajo el mar de reliquias, se escondía tras las alfombras, los sombreros, las tinajas. Abría las cortinas de la tienda y bajo la luz podía ver las franjas oscuras de su piel, como la de los tigres terrestres. Pero su territorio era más amplio, más solitario. ¡Jamás podría ser un tigre terrestre! Se acercaba como un viejo cazador, te miraba como un viejo cazador, pero era un joven. En pleno entrenamiento. Y ¡zas!, más veloz e intrépido, te devoraba más rápido que un tiburón experimentado. 

No seríamos desde entonces los mismos. 

No vi a Yuga levantarse de la alfombra, pero cuando dejé de mirar a Olek ella ya había recogido las copas vacías. Sí, Olek me miró y yo a él, porque ambos conocíamos a la criatura marina que había devorado a Natia. Curiosamente, allí estaba ella, entera de pies a cabeza, justo al lado de Olek, sin un rasguño. Me alivió verla en el sofá de Yuga, lejos de Bergen. Me alivió saber que ella tampoco fue querida. No me alivió pensar en ello con satisfacción. "Doris, ¡me iré por el mundo a cazar tiburones tigre!". 




lunes, 17 de agosto de 2015

Anticuario (I) Inspiración Doris



Curiosamente, ese día no iba tarde. Miró su reloj: las tres en punto. Esperaba que nada ocurriera hasta que marcara las 3:45 de la tarde. Calculó que a esa hora llegaría él, y así tendría 45 minutos de soledad. Si en efecto nada fuera de lo común ocurría, y el tedio seguía bien plantado como estaba, tendría tiempo para acercarse a las vitrinas al otro lado de la calle, que llamaron su atención desde que bajó del autobús. Podría detenerse allí, mientras se decidía por un libro o un sombrero nuevo, de esos cortos, pequeños y coquetos que le recordaban viejas décadas que no vivió.

Como lo previó, nada sucedía. Todo simulaba estar en comunión y concordia. La nieve dejó de caer durante la madrugada, y la capa fina que dejó tras su paso se desvanecía con soltura y sin prisas, elevando la sensación de calma. Cruzó la calle a las 3:15. Justo cuando se disponía a mirar con detenimiento un sombrero negro con detalles de encaje, que realmente poco tenía de asombroso, un gato se escabulló entre sus piernas solicitando algo de amor, como un hombre perdido. El roce del pelaje húmedo del felino, blanco curtido por la vida callejera, causó un cosquilleo incómodo en el tobillo que se asomaba ligeramente de su pantalón ajustado. Al susto le siguió un brinco, lo suficientemente aparatoso como para elevarse un centímetro del cemento y pisarle la cola al gato. "Pobre animalito", pensó mientras lo miraba huir por la avenida. "No tiene la culpa de nada".

Se inclinó nuevamente, con el objetivo de encontrar algo fabuloso en aquel sombrero negro que le impulsara a comprarlo —aunque no le gustase realmente—, cuando sintió la mano de Federico en su hombro. No pareció contentarle. Miró su reloj. Eran las 3:20.

—Conozco un amigo anticuario que tiene mejores sombreros que ese.
—Siempre conoces a alguien mejor, con mejores cosas que ofrecer.
—¿Es demasiado para ti?
—Es aburrido. Para cualquiera es aburrido saber que siempre hay algo mejor que le persigue, como una sombra. Me gustan las opciones, las opciones varias. Las buenas y las malas. Y en el medio hay sorpresas.
—Peeeero…. Yo te doy la mejor opción.
—Eres necio, Fede. Necio, necio, necio.
—¡Ahg! Nos conocemos desde hace mucho para caer en este juego, Magda.
—Está bien. ¿Cómo se llama?
—¿El anticuario? Neil. Es un señor simpático, educado, ríe mucho, tiene historias que contar... Te encantarán sus sombreros.
—Bien.

***

Antes de pasar por la tienda de antigüedades, Fede invitó a Magda un riquísimo desayuno en un local a unas cuadras de allí. Café Doris, se llamaba. Era un lugar pequeño, pero acogedor. Barato, pero de gusto casero tal como a ella le gustaba. Con un vistazo breve, Magda logró ver a su alrededor hombres y mujeres jóvenes, de estilos confusos pero modernos, con camisas a cuadros, vestidos sencillos y bufandas, rostros desconocidos escondidos entre abundantes barbas, cabelleras largas y gafas de pasta gruesa, rostros que, sin saber por qué, le parecían amigables. La posibilidad de que se parecieran ella le bastaba, así que se sintió cómoda al instante.

Parecía haber cruzado la puerta hacia un lugar sagrado, con toda esa gente homogénea rodeada de paredes sobrecargadas de recuerditos de todas partes del mundo. Imaginó que la tal Doris era una viajera auténtica, de esas que solo pueden vivir de la nada porque el todo y el orden son demasiado grandes para habitarlos o para convertirlos en hogar. "Y aquí hizo su santuario. Seguro ya está muy vieja", se dijo en voz baja, sin que Federico pudiera escucharla.

Le apeteció por un momento ser "una Doris", irse lejos un día, irse lejos al otro, sin direcciones propuestas por un motivo fastidioso. Magda tenía la idea de que poseía un alma que quería liberarse de su cotidianidad, para explorar la intemperie como forma de vida. Pero se consideraba demasiado asustadiza, y a la vez calculadora. No lo soportaría. Apenas tenía un día en aquella ciudad, totalmente nueva para ella, y sudaba cada vez que caía en cuenta que estaba lejos de todo aquello que podía controlar: su casa, sus cosas, su carro, su curso, incluso, sus “culos”.

—¿Qué tal el viaje?
—Pensé que moriría. ¡Qué piloto más idiota!
—Estoy seguro de que no es para tanto.
—A mi lado se sentó un señor de 67 años que viajaba por primera vez en avión. El pobre se hizo la señal de la cruz ocho veces. Las conté. Ocho veces fueron. Creyó que moriría en ese vuelo.
—Seguramente eso te hizo el viaje más placentero.
—¿De verdad piensas tal cosa, Fede?, tú me tomas como un monstruo.

Hubo un silencio. No era un buen día para nada. El aire helado del invierno entró sin compasión a la vez que la puerta del café se abrió. Un hombre muy guapo se plantó frente a la barra, y pidió una limonada caliente, con poco azúcar.

—"Con poco azúcar"... ese es gay.
—¡Pero qué bocota tan barata tienes! ¿Tienes algo contra los homosexuales?
—No, lo digo para que no te le quedes mirando. ¡Te estoy jodiendo Magda!

El joven tenía una pinta estupenda. Magda pudo notar que tenía el cabello largo, recogido dentro de su gorro gris. "¡Qué bello se ve con su gorro gris!", dijo nuevamente en voz baja. Federico pareció notar que algo salió de sus labios, pero no estaba lo suficientemente comprometido en vigilar a su amiga esa tarde. En el fondo le contentaba verla. Ella también quería a Federico, y existía una sustancial probabilidad de que dentro llevara también una alegría contenida, pero el humor lo cargaba ensombrecido.

Pero Magda no se encaprichaba con análisis emocionales. Además, no había otra cosa que atender que no fuera el acontecimiento de la barra: ese hombre. No le dejó un momento paz con el pensamiento. Con la misma visión puntiaguda para examinar sombreros, se le quedó mirando al semental postmodernista. Vio que atendió una llamada a su celular, vio cómo se acomodaba el gorro, vio cómo se fue.


—Vamos Magda, Neil nos espera. Acaba de avisarme que tendrá que cerrar la tienda pronto, porque no se siente muy bien.
—Vamos... con tu anciano chocho vende chatarra.

Federico respiró profundo. Soltó una exhalación larga y sentida, como un pésame. "¡Por Dios! ¿Qué has hecho con la chica que conocí en la universidad?".


***

El letrero colgaba como en los viejos bares del salvaje oeste de Hollywood, al estilo western, a un lado de la puerta y sujetado por una barra metálica oxidada pero negada a doblegarse. El viento lo agitaba hacia atrás y hacia adelante, y por alguna razón a Magda le causaba gracia. "Antigüedades y reliquias Neil Marrash ", se leía.

Entró. Y allí quedó, plantada en la puerta del local. Durante todo el camino, Federico le había hablado de Neil y de sus setenta y tantos años, de sus conocimientos sobre artefactos de la Segunda Guerra Mundial (conocimientos heredados de sus padres), de su ojo azul y de su ojo verde, de sus manos de carnicero que no coincidían con su dulce voz de abuelito desamparado. Pero, en su lugar, encontró detrás del mostrador, entre las lámparas con adornos barrocos y las alfombras turcas gigantes, al hombre que había visto en el Café Doris.

—Buenas tardes. Con Neil, por favor.
—El señor Neil se sentía muy mal esta tarde, y se ha tenido que ir a casa.
—Vaya, un amigo ha venido a verle... es una lástima. ¡No he llegado a tiempo! ¡Gracias!

Recuperada de su impresión inicial, Magda intervino en la chata conversa, temiendo que no fuera ya muy tarde para ello.

—¡Espera! Perdona a mi amigo, es apresurado y torpe. Creo que igual puedes ayudarnos.
—Claro, ¿en qué puedo servirle?
—Este, bueno, pasa que vinimos porque est...
—Verá —,dijo Federico, interrumpiendo deliberadamente con aire de niño malcriado —Mi amiga ama los sombreros. La pillé mirando algunos en una tienda unas cuadras arriba, y le advertí que el señor Neil tenía unos mejores y más curiosos. Claro que me refería a la colección personal de mi amigo el anticuario, no creo que pueda ayudarnos mucho en este caso.

El joven lo miró con calma, de esas calmas que tienen también un poco de prepotencia escondida porque preceden una afirmación letal. Magda lo detallaba sin contemplación aún más, sin importarle si aquel joven podía percibir o no sus grandes ojos negros y pesados repasando cada línea de su rostro. Se concentró en su cabello, ahora al descubierto, y lo imaginó sentado en una playa desierta. Se le cruzó una inquietud que desvió su atención por segundos. "¿Doris habrá conocido a un hombre así en sus viajes?". Su imaginación se puso a flotar dentro de su cabecita perdida y enamoradiza, y los segundos se reunieron como bolitas de tiempo condensado. Para ella no ocurría nada más, excepto la admiración de aquel hombre. Olvidó a Neil, a Fede, a los sombreros, al invierno, al piloto de la muerte.

—No se preocupe. Mi padre me ha confiado su colección personal, para cualquier cliente que pida verla. Sobre todo si dicho cliente se refiere a sí mismo como su "amigo".
—¿Es usted hijo de Neil?
—Dago Marrash‎, para servirle señor...
—Federico, Federico Gutiérrez.

Fede sintió un golpecito en el costado, y cedió espacio.

—Yo soy Magda Riverti

Dago volteó, pero sin severidad. Respondió con sonrisa cómplice, de quien se sabe deseado. Ella quiso reclamarlo como suyo en ese instante con una mirada tremenda, pero le pareció demasiado pronto. Y perdió aquella oportunidad. Salió de la tienda confundida, mirando al suelo, repasando los episodios, y con un sombrero negro de ala corta, con filos de color dorado.

—Te llevaré a tu hotel, no está lejos de aquí.
—Si no está lejos caminaré sola Federico.
—Mmmm... vale. Bueno, hacía mucho que no conversábamos. Mañana te veré en la conferencia, ¿no?
—Claro, para eso he venido.
—¿Ya puedes dejar esa actitud de...
—¡Basta! Ya se me quitara, Fede.
—Claro.
Federico se alejó. Ella apenas se despidió de él y siguió su camino hacia la avenida principal.  Su forma de andar tenía mal aspecto. Carecía de rumbo.







martes, 7 de abril de 2015

No te importo

Se siente nada
se siente aquí
sabe a hierro, 
como el labio inferior que muerdo con descaro.
Miento,
sabe a café,
como la madrugada que soñé contigo.
Y aún así,
sin máscaras ni camisas,
admitiendo que somos perversos,
que lo fuimos,
se siente nada.
Se siente aquí.
Sabe a hierro,
a madera astillada,
a jengibre. 



domingo, 26 de octubre de 2014

Reproche

Mentes estrechas,
Foto: Peter Martin / 1951
babosas y grises,
como los ojos de los peces muertos,
las que creen que por admirar tu cuerpo,
que es de mujer,
soy tan solo un pasajero 
de un apetito
que no me pertenece.

Todo es amor, 
pero el arte
puede ser piel
y no ser tocado
si no es el alimento
acostumbrado. 


sábado, 25 de octubre de 2014

Reiniciarse - aproximación a una hoja de diario

Quedé suspendida por largo rato en la aventura del pasado.

Eran las 10:13 pm. Llegué a casa con una potente sensación de confusión, me quité absolutamente todo y me recosté en la silla de la computadora para evitar a toda costa la cama, o cualquier cosa que simulara una cama o, en su defecto, una almohada (de lo contrario, me rendiría a Morfeo como si careciera de voluntad).

Acomodé un poco el escritorio, y para animarme tomé el Animalario Universal de Revillod (un mágico artículo que permite hacer combinaciones de partes de animales) y me dispuse a revisar cada una de sus 21 láminas de cartulina y sus 16 especímenes ilustrados, que llevan sus respectivas descripciones cortas, limpias y semi-científicas. Es un librito que nos miente, pero así es que se juega.

Así pues, en una especie de trance, en el que el único objetivo era desviarme fuera de los caminos de la realidad, nació el "Tilite": feroz animal de fuerte caparazón de las selvas de la India; y el "Catacanllo": resistente camélido de ágiles movimientos del desierto de Gobi.
Sonreí.
Y me pareció entonces que las cosas fabricadas con imaginación son las que más disfruto.
Anoté eso.

Le recomiendo que si ve por allí este librito de hermosas y delicadas ilustraciones en blanco y negro, de fauna imposible y fabulosa, no dude en adquirirlo.


Decidí entonces regresar a mi alrededor, todavía echada y con una sonrisa. Comencé a creer que ese tipo de días (y de noches), embadurnados de naturaleza muerta, son una bendición. Un punto de equilibrio, un borrón y cuenta semi-nueva. Sentí incluso, ya entrada la noche, ganas de llorar como si se tratara de un proceso orgánico para desechar toxinas espirituales. Un rito, pues.

Ese día además había removido demasiadas "sinrazones". Había pasado por cuestionar mi responsabilidad ante la vida familiar, y luego en la amorosa con un inventario patético (y lamentablemente en público) sobre qué debe hacer el chico de mi vida cuando le doy "las señales" de "lo que quiero hacer"; lo que, por supuesto, fue recibido con una cara de fastidio completamente justa (¿y qué otra iba a poner el pobre con mis cometidos de existencialismo antes de entrar al cine?).

Más tarde, una película ambientada en la Gran Sabana me trasladó a una infancia que, después de 15 años, me parece tan ajena y tan extraña que me hace pensar que la niñez podría ser incluso tiempo perdido (y potencialmente traumático en la vida del hombre). Por último, un desahogo difuso y poco argumentado (por Dios, comía una pasta deliciosa cuando me dio por llorar) sobre mi terrible temor a envejecer tendida cual organismo sin luz completó el día nefasto.


Y así fue que, sin quererlo, terminé por agobiarme un sábado por la noche.

Sentí nuevamente el vacío que me pide plenitud, cual borrachito de plaza que le aulla a la Luna.

Hace un año que vengo arrastrando esa sensación. Un grito a la locura, que espero concluya en buenos términos con mi propio yo.

Descubrí que pensar tanto puede evaporar el rastro más mínimo de razón. Y lo peor que puede suceder es compadecerse de lo no ocurrido.

Comienzo

Solo facilitaría el paso. Dejar la puerta abierta, las ventanas abiertas, y el cielo cerrado a los pies de la última palabra... facilitaría el paso. Dejaría entrar cualquier mala intención, llenaría la habitación de conejos salvajes, de gatos negros, de alces gigantes y cornudos como el miedo, y arrastraría toda pizca de humanidad por el balcón.

Una segunda oportunidad podría, entonces, nacer. Colmarse de lo que queda, para sembrarse en la tierra fértil de la soledad. Con algo de atenciones, en los adentros, en las raíces de su palpitante corazón verde y arenoso, despertarían los pétalos parlanchines, que llaman un nuevo amor con sus voces de coral.

lunes, 13 de octubre de 2014

Te absorberé

Estoy bajo la tierra.
Así se ve la noche hoy.
Me pesan los sueños, los primeros días, 
los besos detrás de la puerta.
Todo vuelve
y restriega la arena y le da paz,
como las olas, mecánicas.

Me interesa 
que me hables de lo que menos te concierne.
Así sabré que me confías
las miserias. 

No debe ser importante
todo lo que has recabado,
pero en mi sed de tomarte
debes saber que no hay límites
para un monstruo. 

Si tiro demasiado la cuerda
y no produce movimiento, 
no hay más charla
que yo pueda vencer.

¿Y habrás ganado?

Siniestro

Tengo en una caja
todo lo que no te he dicho.
Cuando la abra,
dejaré de ser quien soy ahora.

Negativas

Aceptaré mi posición aquí.
Estaré entre las ramas,
detrás de los ojos de las plegarias matutinas,
escondida entre el polvo danzarín,
perpleja por tu encanto,
seducida por la magia de un encuentro pequeñísimo,
celando los instantes en que sonríes al mundo...



Estaré meditando
tras la espesa hierba del parque.
Para cuando decida marcharme
me haya hartado de verte
solo a ti.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Placer para pensar

Está en el tope, en el ángulo invisible.Solo puedo ver la luz blanca que se copia entre las nubes, como una manta transparente que se deja colar por el cielo y reposa sobre nuestras cabezas. Es la luna la que está arriba, justo sobre el edificio en el que vivo, y no puedo alcanzarla. Por más que saco mi cabeza por la ventana, cual suricato en el desierto, no logro ver más que la luz que me dice "aquí está". No logro dar con su forma redonda y "pellizcable" que tanto me gusta observar.

No sé de dónde he sacado esta fijación, pero no es peligrosa ni perjudica a nadie. Así que, supongo, no debo temer. Mi única tarea, para evitar posibles daños colaterales, es no olvidar que parte de mi cuerpo está fuera del apartamento, mirando los techos de algunos edificios y a la calle sin almas (a eso que llamamos vacío, pero que está lleno de trampas). Si mi cuerpo trepa por la ventana más que lo que mi vértigo puede soportar, es probable que se acaben mis visitas a la Luna. 

Es entonces que mi espina dorsal me da la señal de que he cruzado la franja amarilla. Cuidado, es el límite, no sigas. Y dejo de insistir. No podré ver la Luna hoy, está fuera de todo alcance visual. 

Vuelvo la cabeza a su posición original, mirando sin mayor interés lo que sucede justo frente a mis ojos aún perturbados por la falta de Luna. Miles de lucecitas y lucesotas tratan de iniciar una conversación conmigo. Y a falta de satélite natural, conviene una charla apasionada con estas historias que pululan solas de hogar en hogar, ausentes de la presencia de otras a su alrededor. Eso fue lo que pensé: que me convendría.

Cada apartamento iluminado es una cajita repleta de sombras, voces, música, detalles. A oscuras, son parte de la nada gigantesca que se había adueñado de Caracas más temprano, y que todos los días llega más temprano a la que fue una capital activa y congestionada de almas nocturnas (buenas y nocturnas). Pero, las ventanas que emiten luz, cual estrellas azules rebosantes de juventud y lozanía, son un ecosistema de brillantes enlaces. 

Algunas de ellas solo transmiten rutina: un niño mira el televisor, un hombre fuma un cigarrillo, a lo lejos se ve que un grupete bebe algunas cervezas. Otras, solo provocan tormento con la música a todo volumen y las voces rumiando letras de los clásicos de las Chicas del Can. 

Fue entonces cuando perdí interés en visitar estos mundos, y al bajar la mirada te vi. Eras una sombra que se dirigía hacia todas partes. Sin rumbo, sin camino, te paseaste por la calle. En la esquina de los chinos, que ya habían cerrado sus puertas, el farol de luz soplaba vida intermitente. Era como un quejido. Si pudiera hablar seguro estaría pidiendo una muerte más digna, o un poco de paz... tal vez estaba llamando tu atención para que le dieras consuelo. Allí te recostaste un buen rato.

Por un instante creí entonces que tu figura se asemejaba al grano de las fotografías, que te desvanecías como arena, y que te perdía paulatinamente en cada titilar. Vi tus ojos e imaginé que eran azules, aunque no era posible detallar tal cosa a 14 pisos de altura.

La mitad de mi cuerpo sobresalía de la ventana. Me asusté. Comencé a reclamarte que te habías equivocado de víctima, que jamás podrías hacerme quedar como una suicida. Me senté sobre el mueble, encaprichada con la idea de qué era lo que había visto y su increíble magnetismo hipnótico que me casi me arrastra al desastre. Contuve la respiración con los ojos bien abiertos, como si alguien apretara mi garganta. Cuando relajé los músculos, me desplomé sobre la mesita llena de revistas, que cayeron como una cascada de chasquidos ruidosos y confusos contra el suelo.

Recuperé el control de mis nervios, pero no el de mi curiosidad. Volví a la ventana, desesperada por verte de nuevo. Allí estabas, acariciando a un perro mientras metías tu mano izquierda en tu bolsillo. Producías un sonido metálico, agudo. ¿Llaves? Pensé que era lo bastante ingenua por haberte confundido con la muerte, y me eché a reír. Giraste la cabeza. ¿Me viste? Creo que la risa no es de tus placeres favoritos, porque temo que te ahuyenté. Te alejaste un poco, pero todavía quedaba espacio para mirar tu sombra por el rabillo del ojo.

Por alguna razón te imaginé joven, y borracho. Con el cabello largo. La luz lunar se proyectaba con dulzura sobre tus formas, y creo que por eso también te imaginé gentil.

En un instante que cambié de dirección mi mirada, para comprobar que nadie más disfrutaba de la soledad como tú y como yo, te fuiste. O, por lo menos, ya no estabas. Probablemente te metiste en tu caja, en alguno de los edificios viejos de la cuadra en la que te vi por última vez, y ahora me mirabas tú desde la ventana en sombras de tu residencia. 

Jugando a que la gente no es gente, sino escamas de una jornada que llega hasta el final con otra cara y con otro legado, sabemos que somos los únicos en contemplar maravillados lo que para otros no existe. 

Y solo por eso fuiste todo. El espécimen en observación, mi pequeño placer para pensar. 
¿Quién te culparía a ti de estar en plena oscuridad exactamente por lo mismo?
Y, por último, perdona que te señale con tal confianza como si te conociera. Pero, por esos instantes, saber tu nombre y el tono de tu voz, o tu color favorito y lo que harás mañana, no era relevante. 

lunes, 11 de agosto de 2014

Cafeína por favor VI (Sin identidad)

He recorrido todos los pasillos, he mirado en todos los espejos, he preguntado en todas las esquinas, pero no me encuentro en algo o en alguien. Carlo ha hecho un daño profundo, tengo que reconocerlo, ha cavado un cráter lunar en medio del estómago, pero ha completado su misión en este mundo: trazó un antes y un después. Antes era yo, ahora soy un algo disperso. ¿Suena tan mal eso?

-¿Quieres chocolate?
-Prefiero un café, sabes cuánto me gusta.

Hay un Santiago. Ahora me acaricia las mejillas, y puedo, incluso, sentir mi propia piel. Es como de durazno, sonrojada por las atenciones. Al parecer estoy enamorada de nuevo, pero esta vez no me siento libre. ¿Es eso posible? ¿Enamorarse de nuevo? ¿No ser libre? ¿Me estoy equivocando? Santo Dios, son demasiadas preguntas... demasiadas, carajo, son las que me tienen sujeta a esta silla eléctrica, que me dice que tengo culpa en cada error y que cada error seguirá trazando las mismas rutas. ¿Es malo errar?

No pensé temer en repetir la experiencia de Carlo, aunque no he encontrado mayor amenaza en los alrededores. Una que otra amiga, cuya filosofía de vida es estar a su disposición, pero nada que pueda enfadarme hasta la locura. ¿Habré aprendido algo? ¿Aparecerá una Roberta? Será... será que he olvidado el valor de mi valor, es eso, sí... debe ser eso.

He dicho que formular tantas preguntas mientras se estima un sentimiento provoca pérdidas... se pierden caminos y se provocan distancias, uno queda como varado en la nada. Joder, que es una ocasión terrible para sentirme varada. Y eso me tiene aquí, me paraliza, me deja sin recursos para soñar...Ya va, pausa. Eso suena dramático en exceso, como a niña pobre de novela boricua, eso es culpa de Maritza... ay, mi amada Maritza, que anda tan feliz en una nebulosa que me ha hecho creer desde mi juventud que pintarse una nube y montarse en ella es la única forma de ser feliz.

Nebulosas, bombos y platillos. ¿Es eso lo que quiero? Quizás debería reconsiderar algunas cosas, como estar acompañada, tal vez la soledad es mejor consejera y yo simplemente la desprecié. Aunque no sé si del todo, capaz logré captar algunos de sus murmullos mientras dormía... ¿Serán tonterías mías o ayer estuvo mirando a la catira del apartamento 12? Demonios, ahora a este le gustan las catiras. ¿Me habré salvado de una tempestad más fuerte o es que ahora viene el huracán? Yo creo que no he aprendido la lección, y hasta que no me dé el último coñazo, frente a un hombre poco blando en su coraje, no perecerá nada de lo que pien...

-¿Qué piensas mi Lu?
-Nada. (Parpadeo como Betty Boop)
-Estás muy callada. Deberíamos dormir. Ven, acércate.

No importa. Nunca importa cuán cerca esté él, el pensamiento asesino me acecha. Asesino de relaciones, asesino de vida, marchitando mi única esperanza de sobrevivir. Está allí, mientras él dice que me ama, y mientras se lo creo. Siempre empieza así: creyendo. Y mientras soy mil pedazos mi mente se esparce en mil contingencias diferentes, estoy como desparramada por el universo. Acontecida, sin poder unir mis piezas. Una parte está amando, y la otra fisgoneando entre los cables rotos y los restos de un accidente.

-Voy al baño

Bendito sean los cólicos por el café a media noche. A veces me permiten escapar. Tienen la potestad de apuñalarme el aparato digestivo, pero me dan espacio y tiempo para pensar. Con el tiempo me he vuelto más pensativa. ¡Ja! Por Dios, qué ilusiones, estoy segura de que no podré salir de esta tampoco. Mascando detalles sin ton ni son de un extremo a otro: si no le tumbo el café a Roberta sobre su falso cabello rojo, entonces me retuerzo sola en las noches con latigazos de miedo. Me pongo a darle al coco... de un extremo a otro ¿se llegará a algún lado?

Ahora ando dando tumbos para no caer de nuevo en el hoyo. Dando tumbos, no sé para donde, porque no he podido recuperar un paso firme, incluso a veces me pregunto ¿qué quiero?... (Suspiro) Sí, totalmente. Hasta aquí llego, lo he descubierto. No sé nada de mí y me he quedado sin identidad.

Estos cólicos del demonio, pero no puedo echarles la culpa si me brindan algo de soledad para pen...

-¿Todo bien amor?
-Ammm, sí, creo que el café me cayó un poco mal.
-Mmmm... Te dije que comieras pasta de la que me envió la nona, tienes esa pancita vacía.
-Pero es que es muy tarde para comer pasta.
-Bueno, está bien. Te buscaré agua y una Buscapina.
-Gracias...

Con esas atenciones puedo sentir en la distancia sus caricias en mi piel de durazno. Se me antoja olvidarlo todo, como si me fumara un porro antes de entrar a clase. Así mismo, dejarlo todo, actuar como un navegante que se despide de puerto en puerto. Eso, me fumaré mi porro imaginario, me dedicaré a besarlo, y no pretenderé más ser perfecta... ¿Está bien eso?

¡Carajo Lucila! Toma una estúpida decisión de una vez, vive tu vida cuerdamente... no entre las cuerdas, jugando a las múltiples opciones. Vamos, que sí puedes. ¿Podré? ¿Es esa una de mis opciones? Tengo muchas cartas bajo la manga, todo es tan nuevo y tan estable, bicho no podría ser mejor. ¿Preferiría los bombos? ¿Quién dice que no los tengo, haciendo de todo lo que pasa una pieza musical?

Hay bombos y platillos en la seriedad de un te amo, ¿verdad? 

Silencio.
Se ha quedado dormido.
-¿Amor, mi amor?
Sí dormido. Es una señal. Ha llegado el momento de descansar.
Ya va...
Pausa.
¿Le he dicho "mi amor"?





domingo, 10 de agosto de 2014

Contra mí

Apreté los labios y todo se enmarañó frente a mis ojos. Las manos, oscuras y casi deformes, se dejaron caer como trozos de carne derretidos frente al sol amargo. Y mis facciones, que una vez fueron un llamado a la insurrección de intenciones oprimidas, se hundieron hasta pegarse a los huesos ¿Era un monstruo?

"¿Era yo un monstruo?" Te pregunté. Me miraste, o eso creí, pero ahora que vuelvo a repetirme las culpas veo tras tu esquema vidrioso pocas ganas de reconocerme. Y entonces, con mis dedos hechos cenizas, me enjuagué una pequeña lágrima, leve como una pausa.

Se fueron los encantos, se fueron las noches, y el tiempo regresó. Volví, o eso creí. Apreté los labios y todo se enmarañó frente a mis ojos, y un soplo casi divino, con olor a uvas, me despertó. "¿Era un sueño?", te pregunté. Y me sonreíste, mientras también tú despertabas.

"Nada de sueños", me dijeron las paredes, quienes ante su sólido estandarte poco saben que su propósito es diferenciar la ficción de las crueles verdades que disimulamos. ¿O me habrá hablado el silencio? Y, por dentro, muy dentro, apretujándose entre mis pulmones y cortando mi garganta, me pesaba un pensamiento.

Contra mí, yo.
Contra mí, el monstruo.
El monstruo, yo.


lunes, 26 de agosto de 2013

Un loco que le habló

Se tiró al suelo. Se llevó las manos a la cabeza. Se subió la camisa y dejó que el ombligo respirara el último soplo de la tarde. Y lo miró.

"Solo lo imitaba", dijo ella a quienes la encontraron en la feria. Se había quedado sola en el lugar, o así lo confesó al guardia de azul, porque le apetecía rebobinar sus sueños.  Entonces se topó con el loco en una banca y le pareció que él era ideal para acompañarla en su propósito. "Al respirar, tan lento y tan moribundo, parecía que soñaba mucho", logró murmurar antes de pedir una hamburguesa, argumentando que el hambre le había explotado de pronto. 

El humo sobre el rostro curtido no le impidió ver sus ojos azules llorando, cambiando los restos de mar en su iris por un gris enfermo y decaído. Le pareció, dijo con sollozos al policía que la llevaba en la patrulla, que le conocía. Lo había visto en su baño, perfumándose para salir aunque no hacía falta; porque los últimos besos lo llenaron de olor a cereza. Lo había visto en su balcón, cantándole a los gatos sobre lo feliz que era en el infierno (muy cerca de las colinas que bajaban de la espalda masculina). También le pareció observarlo detenidamente una vez frente al espejo, con las manos cruzadas esperando a alguien que le quisiera mientras jugaba con el cigarrillo encendido. Una vez lo vio mientras se desmayaba entre los botes de basura de un callejón, mientras ella se revolcaba con los senos al aire y el mundo dándole vueltas en una carterita de ron (mientras pensaba que sus labios de fruta estaban en otra piel); y puede ser, aunque no lo recuerda mucho, que lo vio en los 4 espejos de un hotel con un hombre que le dedicaba canciones y que la llamaba por el nombre de "Génesis", aunque se llama Isabel.

Le pareció que, en efecto, era ella. Pero al rato volvió al presente y hubo una pausa. El oficial tuvo que cargarla al salir de la patrulla porque cuando rompió a llorar cayó al suelo, mareada de hambre.

Le pareció que, en efecto, era ella, dijo. O por lo menos eran los restos de una locura fatal. La imagen de su recuerdo en la noche, la noche que olvidó que él se iría para siempre porque había encontrado otra versión de ella más dócil y engañosa entre los suspiros de un Dios de humo y una mujer delgada de la calle 4 al sur de la ciudad, entre los escombros de un disfraz de andrajos, entre los besos del concreto frío en las calles de Dublín. Tal vez los ojos azules en el banco olvidado de la feria era un ángel que la llamaba inconsciente para llevársela a otro lugar menos gélido.

Yo (¿o él?), dijo antes de sorber el primer bocado de sopa, era un trastorno que le permitía estar en paz. Y, cuando ya le estaba pasando el efecto alucinógeno y le empezó a doler el estómago, le advirtió al oficial que si las memorias no le dejaban en paz volvería al loco, al humo, y a los cigarrillos. 


A él, que le sabe lo que pienso.
.-.

sábado, 24 de agosto de 2013

"Adioses" varios

Supiste que era como tú. No fue difícil para ti, ni un poquito, inferir lo que decían mis frases, mis señas, mis manos al lado de tus piernas, mis miradas tendenciosas, los ojos chiquitos, la risa emocionada, el cabello desordenado, los pecados que me gustaba cometer, los sencillos toques de luz sobre lo que ya sabías, las pocas horas de atención, el calor de mis labios, los sonidos nerviosos y fugaces, los susurros al anochecer, las referencias de la infancia caricaturesca, el chasquido de los labios al mover la nariz, los cuentos que escribí, el tiempo que perdía diciéndote que iba en camino, los estilos alternativos, las facciones de niña, los trepadores en mis orejas, las buenas nuevas, el último trago, las inseguridades, las tiernas imperfecciones de mis piernas, los trances en silencio.

Pero al despertar, después de la noche violenta que duró 7 días y que se llevó tu locura, ya no sabías cómo nombrarme, 
de qué forma adjetivarme, 
con qué palabras convocarme,
y por qué seguía yo allí.





viernes, 5 de julio de 2013

Precedentes

Sentado, bebida en mano, pereza reservada, ganas de charlar.
Parece que las cosas no cambian en estos parajes, sin sol ni sombras, sin prestigio ni silencios.
Durante las primeras horas solo podía ver tu boca moverse, hablar sin decir nada. Entonces, con la última nota que cantaste, justo cuando la noche se ponía más franca y tendenciosa, noté que debía dejar de observar con tanto detalle tu vida, allí mismo sentado y vulnerable, porque, justo rozando tu brazo y tocando tus piernas, una mujer te llamaba con ternura.