viernes, 23 de diciembre de 2011

decirte nada


Al futurible 

No hay un impulso seguro,
nunca.
Hay historias que se construyen sin saber que nacen para sentir el frío recuerdo en la muerte.
La caída.
La huida, el momento en el que uno de los dialogantes decide que hasta ahora no tiene nada que decir. Y entonces, nos quedamos sin historia que contar, sin papelillos, sin soles, sin montañas.
Queda el vago minuto en el que alguna vez se sintió un pellizco de irrealidad.


martes, 29 de noviembre de 2011

Casería de espíritus



Las ventanas. Algunos dicen que los ojos son ventanas, otros hablan de pórticos a dimensiones desconocidas, y unos pocos pintan a sus damas más amadas en los balcones solitarios de las tardes madrileñas.

Yo veo mujeres ancianas que fuman sin descanso, ventiladores ondeando el calor tropical, niños saltando en las camas sin permiso de sus padres, televisores sin espectadores aturdiendo las salas. Luces encendidas, cocinas sucias como si estuvieran bañadas en cenizas de carbón, cartones y corotos sin motivo en las rendijas podridas, techos caídos sin cuidado de sus dueños, viejas y gatos abandonadas por sus hijos en el extranjero. Sillas de madera podridas como de un museo sin dueño, bicicletas de niños que superaron su pubertad, bibliotecas interesantes que rezan historias escondidas, cuadros de mentira como los de las fotografías de las casas venezolanas en los años 60.

Las ventanas de mi ciudad, ahora mal decoradas con luces, bambalinas y más luces, dicen tanto de vidas y personajes, de cuentos, de cachivaches. Las ventanas de los edificios al pie de la autopista, en Montalbán, en El Paraíso, en La Candelaria, son un caleidoscopio de vidas minúsculas.

Vidas, memoria, aserrín, cuentos de abuela… que ahora se escapan por las ventanas en las noches más calurosas. Y yo los atrapo con gozo en la mirada cansada de quien se va de casería. Casería de espíritus.

sábado, 26 de noviembre de 2011

cantos opacos

Hace mucho que miro mi ciudad. La miro, por los puentes, por las luces, por la ventanas, por las damas. Compro sus revistas, me paseo por sus calles contaminadas, canto con sus ruidos impertinentes. Me divierto adjetivando su suplicio, ese que unos llaman tráfico y otros desventura. Es apetitosa esta ciudad, con sus miserias revueltas en el estómago de los transeúntes, con sus destinos desprovistos de paciencia, con sus librerías secretas, con sus plazas sin objetivos.

Esa vez, una mañana sin expectativas, me encargué de zarpar en el barco de la distancia. Como en una sobredosis de placer extremo, me ausenté. La sensación era la de un visionario sin camino, que recorre las rutas de sus mapas medievales en un mar profundo y solitario. La sensación era una combinación exacta de pertenencia cegada. Sentía que nadie podía verme, que era un pez más en un cardumen provisto con demasiadas preocupaciones.

Y ausente me fui por el bullicio de las calles de La Candelaria, sin esperar nada. Tal vez algo de anarquía, tal vez algo de Venezuela, tal vez algo de tristeza. Pero, en verdad, no esperaba nada. Mi ciudad, la ciudad, el centro épico de un país sin centro, me estaba pidiendo a gritos que no estuviera más en su desértico espacio sin estrellas.


Pero no quiero hacerle caso.
Sus cantos opacos me invitan a conocerla más.
Es un vicio éste el de ir y venir, el de permanecer, el de moverse. El de contradecir, por amor al misterio, por amor a los espíritus.

¿Nunca?


Hay veces que la confusión,
la única confusión,
proviene de las señales absurdas que lanzas por el precipicio del raciocinio.
No tienes idea del daño que haces
al forzar los sentimientos
a ser parte de una lógica de vida, de una misión, de la sensatez.
No los hagas existir, que no existen.
Te arrepentirás de recrear los falsos testimonios de una verdad que nunca vimos nacer.

¿Nunca?

Hay un terreno escalofriante que debo recorrer
antes de llegar a ti.
Y no estás, no estás, ¡no estás!
No hay manera de aprehenderte, no hay forma de regocijarme en un encuentro tuyo, porque nada se regresa a su punto original.
No hay retorno, no hay retorno, ¡no hay retorno!

La brisa se mueve entre los párpados incansables
que permanecen abiertos por una esperanza leve de verte otra vez,
retratado en el espejo de la memoria,
traído de vuelta a mi realidad como un pasado imperecedero.
Pero ya no hay el mismo calor entre cada tacto en la despedida,
el bosque se ha humedecido en el abandono,
la carretera es tan miserable como las palabras que se vuelcan contra la acera,
se estrellan contra las luces de la ciudad,
se quedan huérfanas de respuestas.

De pronto, en la confusión de la expectativa, me quemo con un pedazo de historia.
Y luego,
todo, como si nada.
Como si nada, como si todo, como si siempre, como si nunca...

¿Nunca?

martes, 15 de noviembre de 2011

AdulaCIón

Puede que lo que esté aquí, cerca, sea simplemente un rigor desconocido, un señor que habla de cómo deberían ser las cosas, una chica que responde para ser respondida como una cuña de su propia inteligencia. Y puede que, por esas razones, yo decida no ser partícipe.

Entonces, procesada la sensación estomacal de indigestión de egos, se acerca el silencio, la casi inexistencia.

Adulación
Se sale como un vómito de barbaridades,
como una construcción de vanidades,
la voz corroída y siniestra de la columna de humo.
Si fuera necesario desnudarlo ante la audiencia,
venderlo como una fruta podrida,
sería una bendición para el aire entumecido por su garganta ebria.
Ebria, con sabor a mentira desmedida.
Un ciego que no se calla,
una palabra que no dice nada.
A veces lo veo de reojo,
a veces me acerco a su lectura.
Y a veces, en el mejor de los casos, no es nadie.
E insiste en convencerme sobre su naturaleza divina.
Qué mentira.
Qué ignorancia.
Dejaré de escuchar la verborrea cuando me convenga.

martes, 11 de octubre de 2011

CONFESIÓN IV - El arranque

Es contradictorio que me encuentre escribiendo esta noche.
No quiero escribir. Me niego.
Siento que se desplaza mi mano por el teclado sugerente, que Leila Guerriero me agarró por las orejas suavemente y me sentó aquí, que escucho la voz de mi jefe hablando de David Foster y preguntando si me gusta el ensayo.
Siento un impulso externo de escribir. Y me desagrada sentir que viene de una voz de millones de años luz y no  de un impaciente silencio que se revienta por dentro.
Debo decir entonces, como una forma de advertencia, que no tengo intenciones de que esta sea una entrada maravilla, no tengo intenciones de escribir esta entrada, no tengo intenciones de lucir estilos, de machacarme pensamientos en la computadora.
Esto ha sido un impulso vil de una necesidad inquietante de escribir sin motivo, sin rasgo, sin indicio. Puro sentimiento llevado a la tumba del escarnio público. Aquí, en este infame texto que sigue escribiéndose con rapidez desesperante, no hay secretos sobre mi intensa manifestación lingüística de escribir por el mero placer reproductivo.
La poética que nace en verdad en mis noches de lujuria literaria proviene del más consciente y aterrador silencio.
Prometo que las almas externas que me incitan a surgir de las madrugadas, quedarán reservadas para textos más reales.
Texto infame, ya cállate, que no estás diciendo nada.

jueves, 29 de septiembre de 2011

El viejo de los no viejos


No seas ingrato ante lo que trae el tiempo,
el niño que vive viejo se olvida de sus más poderosos momentos
se instala en un presente que desconoce motivos y despierta de sus sueños
se queda en un pasado arcaico y fétido,
en un recuerdo que ha concebido su fecha de caducidad,
en una instancia que ya no perdura,
en una casa que no tiene aire, ni puertas, ni ventanas.


El viejo que no es viejo,
el viejo que está sentado en su trono pensando como adulto, y no como viejo,
es el creador de sus mejores épocas.
El viejo que se puso los pantalones y los lentes oscuros esta mañana,
el viejo que se quedó mirando la tele por la madrugada,
el viejo que se miró al espejo y no se miró por curiosidad, sino por alago, 
el viejo que se durmió en su portal secreto sin puerta,
el viejo que se cubre de la mentira con una travesura,
nunca es viejo como suele sentirse los viernes por la mañana.
Se nutre de esa ilusión pasajera del tiempo que se queda.
No seas ingrato ante lo que trae el tiempo,
el niño que vive viejo se olvida de sus más poderosos momentos.