Puede que lo que esté aquí, cerca, sea simplemente un rigor desconocido, un señor que habla de cómo deberían ser las cosas, una chica que responde para ser respondida como una cuña de su propia inteligencia. Y puede que, por esas razones, yo decida no ser partícipe.
Entonces, procesada la sensación estomacal de indigestión de egos, se acerca el silencio, la casi inexistencia.
Adulación
Se sale como un vómito de barbaridades,
como una construcción de vanidades,
la voz corroída y siniestra de la columna de humo.
Si fuera necesario desnudarlo ante la audiencia,
venderlo como una fruta podrida,
sería una bendición para el aire entumecido por su garganta ebria.
Ebria, con sabor a mentira desmedida.
Un ciego que no se calla,
una palabra que no dice nada.
A veces lo veo de reojo,
a veces me acerco a su lectura.
Y a veces, en el mejor de los casos, no es nadie.
E insiste en convencerme sobre su naturaleza divina.
Qué mentira.
Qué ignorancia.
Dejaré de escuchar la verborrea cuando me convenga.
martes, 15 de noviembre de 2011
martes, 11 de octubre de 2011
CONFESIÓN IV - El arranque
Es contradictorio que me encuentre escribiendo esta noche.
No quiero escribir. Me niego.
Siento que se desplaza mi mano por el teclado sugerente, que Leila Guerriero me agarró por las orejas suavemente y me sentó aquí, que escucho la voz de mi jefe hablando de David Foster y preguntando si me gusta el ensayo.
Siento un impulso externo de escribir. Y me desagrada sentir que viene de una voz de millones de años luz y no de un impaciente silencio que se revienta por dentro.
Debo decir entonces, como una forma de advertencia, que no tengo intenciones de que esta sea una entrada maravilla, no tengo intenciones de escribir esta entrada, no tengo intenciones de lucir estilos, de machacarme pensamientos en la computadora.
Esto ha sido un impulso vil de una necesidad inquietante de escribir sin motivo, sin rasgo, sin indicio. Puro sentimiento llevado a la tumba del escarnio público. Aquí, en este infame texto que sigue escribiéndose con rapidez desesperante, no hay secretos sobre mi intensa manifestación lingüística de escribir por el mero placer reproductivo.
La poética que nace en verdad en mis noches de lujuria literaria proviene del más consciente y aterrador silencio.
Prometo que las almas externas que me incitan a surgir de las madrugadas, quedarán reservadas para textos más reales.
Texto infame, ya cállate, que no estás diciendo nada.
No quiero escribir. Me niego.
Siento que se desplaza mi mano por el teclado sugerente, que Leila Guerriero me agarró por las orejas suavemente y me sentó aquí, que escucho la voz de mi jefe hablando de David Foster y preguntando si me gusta el ensayo.
Siento un impulso externo de escribir. Y me desagrada sentir que viene de una voz de millones de años luz y no de un impaciente silencio que se revienta por dentro.
Debo decir entonces, como una forma de advertencia, que no tengo intenciones de que esta sea una entrada maravilla, no tengo intenciones de escribir esta entrada, no tengo intenciones de lucir estilos, de machacarme pensamientos en la computadora.
Esto ha sido un impulso vil de una necesidad inquietante de escribir sin motivo, sin rasgo, sin indicio. Puro sentimiento llevado a la tumba del escarnio público. Aquí, en este infame texto que sigue escribiéndose con rapidez desesperante, no hay secretos sobre mi intensa manifestación lingüística de escribir por el mero placer reproductivo.
La poética que nace en verdad en mis noches de lujuria literaria proviene del más consciente y aterrador silencio.
Prometo que las almas externas que me incitan a surgir de las madrugadas, quedarán reservadas para textos más reales.
Texto infame, ya cállate, que no estás diciendo nada.
jueves, 29 de septiembre de 2011
El viejo de los no viejos
No seas ingrato
ante lo que trae el tiempo,
el
niño que vive viejo se olvida de sus más poderosos momentos
se
instala en un presente que desconoce motivos y despierta de sus sueños
se
queda en un pasado arcaico y fétido,
en
un recuerdo que ha concebido su fecha de caducidad,
en
una instancia que ya no perdura,
en
una casa que no tiene aire, ni puertas, ni ventanas.
El
viejo que no es viejo,
el
viejo que está sentado en su trono pensando como adulto, y no como viejo,
es
el creador de sus mejores épocas.
El
viejo que se puso los pantalones y los lentes oscuros esta mañana,
el
viejo que se quedó mirando la tele por la madrugada,
el
viejo que se miró al espejo y no se miró por curiosidad, sino por alago,
el
viejo que se durmió en su portal secreto sin puerta,
el
viejo que se cubre de la mentira con una travesura,
nunca
es viejo como suele sentirse los viernes por la mañana.
Se
nutre de esa ilusión pasajera del tiempo que se queda.
No
seas ingrato ante lo que trae el tiempo,
el niño que vive viejo se olvida de sus más
poderosos momentos.
jueves, 15 de septiembre de 2011
Promesa antes de una despedida
Los secretos
en forma de mediodía
se esfumarán mañana a la misma hora,
sólo con la intención de tener en mis manos
la capacidad de adjetivar el tiempo que me queda
con la felicidad que te brindará la sonrisa de una imagen convertida en recuerdo.
Procuraré dejar un tacto indeleble.
Preferí no mirarte
La construcción está casi terminada. El edificio ya se ve, se ve entre los pedazos de un algo que ya tiene forma. Desde aquí se podía ver al obrero, poco intimidado por el miedo, saludándonos aburrido. Más arriba, un cielo interminable, que hace ver el día mucho más creíble y verdadero cuando está azul. Esa mañana las nubes se habían puesto melancólicas, y asumieron la forma de un torrencial latente. Aún así, el cielo me parecía hermoso y me hacía sentir, de un modo extraño, afortunada.
Las copas de las palmeras se mecían en una luz intermitente, gaseosa, chispeante. Un sol indefinido y desganado oscilaba entre las ramas jugando a ser sombra y luz en el suelo caliente. Las ramas decían adiós, o tal vez me estaban saludando, lo cierto es que sin saberlo me mecí con ellas en un tumulto vacío de pensamientos. Unas ideas inconclusas y dolientes, que terminaron por ponerme de mal humor.
Una moto se escuchó pasar, pero no sentí deseo alguno por voltear. Ni siquiera como una excusa para verte a ti.
Simplemente, preferí estar con los ojos hacia el infinito y no obligarme a mirar tu expresión fronteriza, que me pedía a gritos una distancia.
Estabas allí, diciendo adiós. O tal vez me saludabas. Lo cierto es que, sin saberlo, me mecí contigo en un tumulto vacío de pensamientos.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Un abrazo antes de dormir
Comienza el festival de espuma cerca de mi oído, la sensación
de un susurro que me hace cosquillas en el estómago, donde el alma se mece
antes de dormir
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