Hay un silencio querido en cada melodía que pronuncias. Un espacio de calma, de estabilidad, de risa, que me provoca vivir. Y aún así... aún así me quedo añorando una zozobra... hasta que vuelve. Y cuando llega, se dibuja una enramada de pájaros que tiñen los sueños de cordura. Así como el silencio.
miércoles, 21 de julio de 2010
lunes, 12 de julio de 2010
CONFESIÓN II / el llamado
Estaba cayendo la tarde, entrando a resguardarse en la sala del apartamento, cuando me asaltó un sentimiento de culpa, de dolor, de tragedia. Una cosa horrenda.
Me senté, en un sitio donde la luz era sólo un espectador más, en un rincón donde la vida se había detenido a pintar la noche y el tiempo pasaba mucho más rápido.
Volaron sobre mi cabeza todos los objetos de la habitación, y los libros, con su peso enorme de amigos fieles, me miraban perplejos.
Hace tiempo que yo no los miro.
Hace tiempo que yo no los mimo.
Hace un tiempo ya que la rapidez de esa oscuridad, poco nítida, poco agraciada, poco solicitada, pero muy necesaria, me había absorbido en un abismo de café, de colores artificiales y de emociones encontradas.
Era tan terrible, tan terrible, tan espantoso.
Mi vida, mi palabra, mi fe, mi confianza. ¿Cómo las había olvidado?
Y... ¿por qué venía yo a recordarlas esa tarde calórica y evaporada?
El polvo de la biblioteca se podía ver tan claramente susurrando al aire mi desconcierto.
La luz, que se proyectaba sobre él, me cegó durante un momento.
¿Dónde está mi lugar oscuro?
Ya no me sirve más, y él sólo ha decidido marcharse.
Ahora, entraré en el trance añorado de quien se pierde en los bosques de pulpa blanca y esencia de sangre negra.
Quien sabe que otros secretos y romances ocultos empezaré a construir, luego de un olvido tan escurridizo.
No vale la pena ya pensar en la falta de tiempo, o en las colas, el tráfico, la diversión, la red, la vagancia, el ocio, la agonía, la clase, la máquina.
Huele a viejo y me gusta. Huele a nuevo y me encanta.
Huele... huele a libro... y vuelve... vuelve el lector.
jueves, 1 de julio de 2010
Ella, la grande

La ciudad barre las colmenas del pasado.
Me arrastra a un espacio único, donde puedo ver el polvo atravesar mis dedos que intentan atraparlo, donde puedo ver historias cruzando las calles, paseando en los centros comerciales, cabeceando en los puestos de trabajo. Donde se transfiguran las siluetas de los autos y se hacen más altos y más curvos los puentes.
Las aguas son de perfume de cachivache y las memorias son vestidos de ancianas, de viejecitas mozas que comen tardes y tragan inocencias.
La ciudad me trae de vuelta a mi vientre.
Me siento tan nueva y tan sutil. Tan drástica, y tan vulnerable. Quién sabe si la ciudad sea consciente de su avasallador impacto, pero esto es definitivamente un conversatorio inconsciente de desquicias y miel. Un conversatorio con la muerte, con la infancia y con el calor. Con el sueño, la lentejuela y la llave de las puertas.
Es un todo, es una nada. Es un vacío que me recuerda a los pozos llenos de agua escarchada e interminable que nunca vi. Es un hoyo. Un cuento oscuro. Un maestro del disfraz.
Es una perla del caribe que espera a ser descubierta.
Es la ciudad que jamás me ha querido tanto como esta tarde.
miércoles, 19 de mayo de 2010
viernes, 16 de abril de 2010
domingo, 11 de abril de 2010
Canción de cama

Hay una música que adormece mis sentidos y despierta la imaginación.
Activa en el roce, fugaz y momentáneo, se esparce la canción por la espina dorsal.
El corazón, que siente más que cualquier otro órgano, se vuelve inquieto y en una sonora melodía de éxtasis me recuerda que vivo.
La piel, que recuerda todo, guarda en cada sensación la espera de una nueva mañana, acomodados los cuerpos, juntos y fetales, juntos y amados, juntos y vivaces, carnales y espirituales.
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