martes, 2 de junio de 2009

Muchas cosas sin sentido


Lema de una canción perdida.
Leyes de un mundo anárquico.
Eso que existe y no vemos.
Un amor escondido, el amor verdadero.
Coyotes bajo la luna.
Sirenas mudas que perdieron sus encantos.
Estrellas fugaces que andan sin prisa.
Comentarios de vecinos.
Murmullos, susurros.
Azúcar de las montañas violeta.
El vuelo de un ave herida.
El corazón de un poeta.
Vampiros en trenes secretos.
Cuentos sin contar.
Muchas... muchas... muchas cosas sin sentido.
Muchas cosas que amo.

lunes, 1 de junio de 2009

Para qué sirve la angustia



Existen cosas que muchas veces me angustian. Pero nada es más angustiante que el día en que, mientras estoy sentada, me pregunto si soy lo suficientemente capaz de albergar el poder transformador de la palabra.


La palabra posee un poder compartido. De lo contrario la palabra se consume y no existe. Es un 50/50. Me pregunto si estaré haciendo bien mi mitad. Esa mitad donde uno debe saber oír y escuchar al mundo y sus secretos, sus quejas, sus historias... y plasmarlas con la misma pureza con la cual fueron confiadas. Esa pureza que brilla en los ojos de quien la ve y la siente mientras está leyendo.


ME ANGUSTIA que un día, que en un segundo, que en algún momento, mis pensamientos sean tan veloces que se me escapen antes de retenerlos forzadamente en el papel. Los obligo a permanecer allí, pero al final es una unión placentera, melódica, justa, natural. Como un paisaje de Van Gogh o Cezzane. Fresco y cuidadosamente sentido.





Me angustia pensar que un día me detenga, y no pueda manipular el destino para lograr tal comunión amistosa y pasional entre papel y palabra. Que sea yo el obstáculo que frene el vínculo necesario entre el cincel, la piedra y la palabra. ¡ANGUSTIA! Sagrada angustia que me hace escribir más rápido y observar con más detalle. De pensar sin fronteras, de tener ganas de hacerme alas de papel.


DE SER MEJOR PARA LA PALABRA.

Mensajero de la muerte


Llegó él, llegó el escritor,
llegó el mensajero de la muerte.


Porque él nos lleva a un mundo que no nos pertenece

martes, 19 de mayo de 2009

PASOS DESCALZOS


Luz condensada en un rayo parpadeante que me está empezando a molestar en la mirada
Se ha colado por la ventana aquel terrible enemigo del inconsciente. Los sueños deciden dormir.
Me estiro como una goma elástica, no tan elástica, y me estremezco nuevamente
No quiero salir de mi cama. Es un mundo acolchado donde los más locos se visten de seda. Nadie es juzgado. Es un mundo creado para el que cree en todo.
Pero la realidad me ha sorprendido soñando y el rayito de luz insiste en que debo poner los pies sobre la tierra.
Hace mucho tiempo que dejo de ser tierra. Ojalá lo fuera. El mundo seguiría siendo primitivo. Basta, sólo quiero pisar ternura, dura y ruda, pero al fin naturaleza suave y originaria.
Piso helado como invierno sin hojas secas en el suelo. Piso triste, me arrastro sobre ti y te vengas de esa tortura con tu frío.
Miro y escucho. Ya todos están despiertos. Me tocan mis labores
Por aquí por allá. La cama un mar de sábanas que hay que controlar. Ni Poseidón podría con tan pocas ganas.
Emigro hacia la sala, recojo la prensa. Nada interesante. Qué domingo, como para dormir, ¿qué hago despierta?
El río pasa y mi garganta permeable se siente mucho mejor
Ahora a ver que hay por allí, como caracolitos se recogen en el mar, así ando yo buscando tesoritos en cualquier cosa
La televisión monótona, y la prensa depresiva me evitan y yo a ellas
Llega la hora desesperante. Hay que hacer algo porque el tiempo se va
Ponte las cholas porque pescarás un refriado
Me voy y aprovecho para vestirme y bajar al mercado. Un asunto entre realidades y colores que parecen sacados de una historia de Márquez

miércoles, 13 de mayo de 2009

La calle de los recuerdos: Cada párrafo una avenida


YO SÓLO ESCRIBO, y que bien se siente.

Encierro a los curiosos duendecillos del recuerdo en una cajita litográfica de tinta líquida negra, o del color de mi preferencia, espesa como el pensamiento.

Tinta que se funde entre las fibras de papel, que harán comunión sagrada para convertirse en la casa de los duencillos. Aún siento que giran y giran sobre la mesa... corriendito llegan y se apretujan, un recuerdo viene tras otro:

-¡Yo quiero entrar primero! ¡Yo quiero casa ya!

- Esa casa es mía, ya compré esa palabra.

- ¿Con qué dinero duende hermano?

- Con la velocidad de mis piernas, hermano.

- Cierto... las palabras no se compran.

- No hermano, nuestras casas son honestas y se salvan de la codicia porque su único valor es que son gratas a muchos, y los hace felices a su modo.

Y así va llegando cada recuerdo. Un duende. Un recuerdo. Una palabra, su hogar. Un escondite quizá, para algún recuerdo tímido, un albergue para un recuerdo desprotegido, una cárcel para uno rebelde, una habitación de intimidades para un recuerdo enamorado.

Y así, calles y calles de casas, infinitas frases y párrafos enteros de recuerdos vecinos de duendecitos de tinta y gas.

Gaseoso pensamiento. Hay unos duendecitos que se regresan sin hogar. Malhumorados nos retumban en la cabeza:

- Soy un recuerdo olvidado - dice uno.

- Mire que casualidad y qué ironía - dice otro- A mí me han dejado a un lado porque era menos importante.

- No, no es eso hermano

- ¿Y qué más puede ser?

- No es el momento de ser recordados, hermano.

-¿Hay esperanza entonces?

- Siempre las hay en el mundo de la palabra. Ella es la esperanza misma que nos rescata de un silencio abrupto.

Y juntos y tranquilos regresan a reposar en nuestra mente, en un sueño de mil y una noches, o tal vez cien, tal vez sólo una... todo depende de cuándo volveremos a esbozar frenéticamente casas de duendes. Palabras.

miércoles, 15 de abril de 2009

CUANTAS VOCES


Hablando de cosas no tan superfluas, estábamos esa tarde calurosa y cerrada, cerca de los ventanales del salón, un poco distantes del suicidio del aburrimiento, y muy ocupadas defendiendo nuestras posiciones sin hacer la guerra. Así eran las clases de Literatura, para los que se tomaban el acto de pensar en serio. Y esa vez estábamos discutiendo del verbo y la carne y la palabra y la carne. Porque el tema era que la palabra habita en nosotros. Pero hablo de esa palabra que hasta los mudos pueden pronunciar, porque la palabra también es escrita, y sobre todo porque el verdadero silencio se posa cuando las aves, los ríos, y las risas se callan y se viene encima una tremenda desgracia, que es generalmente producto de alguna cosa del hombre, algún engendro hijo de su amargura, de su orgullo o de su animal instinto. La guerra es un sitio de silencio, por ejemplo. Y allí falta la palabra por ejemplo. Y allí comenzamos a discutir porque yo decía que el silencio estaba turbando al mundo, pero las demás me señalaban con las miradas y me veían con los dedos perdiendo la cordura porque decían que tenía un ataque de insensatez. Lo podía sentir en el tono de sus voces y en las risas. Entonces yo también me reí y decidí pensar antes de ceder ante sus razones.


La discusión fue interesante. Cuatro chicas pensantes en una tarde son un atractivo para cualquier literato que desee indagar sobre estas especies en extinción. Pero algo en mitad de todo, interrumpió a las pensantes y se detuvieron a contarse cosas. Y descubrí que yo tenía dos voces, y que una de las que estaba a mi lado tenía una voz muda. Y me pareció tan gracioso el hecho de descubrir tantas cosas cuando no se buscan que la cosa se quedó en mi cabeza, y tenía ganas de salir y de contárselo a todos y de escribirlo, sobre todo de escribirlo. Realmente me resulta grato y loco, bellamente loco, todo aquello.


La cosa era que tenía dos voces. Dos voces que no se tocaban nunca aunque estuvieran en la misma garganta. Dos voces hechas con las mismas cuerdas vocales, labios y aire, pero con diferentes gestos, pensamientos y miradas.


Una me gusta más que la otra, pero temo que no puedo prescindir de ninguna de las dos, y no me libraré de mi bipolaridad de voces que tanto me divierte. No me contradice, paradójicamente, las voces están allí y cada una sale a su conveniencia. Una me dice que el amor se puede tocar como la música y que las matemáticas sólo buscan dar verdades absurdas para no tener que creer en mentiras lógicas. Y la otra voz me habla de las manifestaciones psicológicas del amor y de su imperfección humana técnicamente, porque el amor y su naturaleza antropológica no dejan otro remedio al ser que ser vulnerables y abstractos.


¿LO VES? Ves como son las voces. Ves con cuanta dulzura irracional me expreso y con cuanta odiosa realidad me expreso en otras. Voces… voces que no será posible callarlas, porque la misión, la función, el único objetivo de la voz es manifestarse. O eres voz o eres silencio. Y el silencio que enmudece la voz, es el terror de las palabras. La voz ama las palabras, pero es un amor posesivo.


La voz las agarra por la cintura y como los vampiros góticos de aquellos siglos del oscurantismo que nada de oscuro tenía, excepto por sus brujos, sus hechizos, sus magias, sus magos y la cantidad de personas que creyeron ciegamente en la maldad de todos estos; agarra entonces la voz a las palabras y las modifica, las transforma, las usa a su modo. Una relación utilitaria, sin más ni menos, es la que han forjado desde la antigüedad y más atrás la voz y las palabras, una relación utilitaria que a todos se muestra afable y admirable, por cuanto es ella quien crea nuestra persona y nos convierte en personas.


Si esto significa que tengo dobles personas en mi garganta, cualquiera creería que me he vuelto loca. Pero no es eso lo que he dicho. Lo que digo es que las voces son parte de nosotros, y juntas, todas juntas, si es que tienes una voz, nos hace ante el mundo una persona, pero no una persona más, nos hace Kala, Mary, Andreína o Indira.


Y es así como las pensantes se saben reconocer en medio de toda la discusión y es así como los pensamientos de las pensantes se saludan y se reconocen.


Sin voz, si nadie tuviera voz, el silencio no sería nada grave. Sería algo normal. Pero en una cotidianidad tan perturbadora, alguien debe gritar. Vaya… como se parece el silencio a la guerra cuando esta toma conciencia de su mortal avance.

sábado, 4 de abril de 2009

Las mariposas amarillas

“Mariposas amarillas, Mauricio Babilonia”, suele decir mi mamá cada vez que ve una mariposa amarilla. Un insecto hermoso, misterioso, que revolotea a la altura de nuestras cabezas para adivinar nuestros pensamientos.

Pero no es que esté recitando algún hechizo, ni se trata de una frase mágica de amores y pasiones. El origen de esa frase y de esta historia se remonta en los viejos tiempos en los que leyó Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez. Famoso libro, famoso escritor… pero sobre todo, buena pluma en nombre del pensamiento y del estilo latinoamericano que parece le gusta jugar con los tiempos y se las arregla para acomodarlos a su manera para crear una historia.

Al morir Mauricio Babilonia, mariposas amarillas inundaron el pueblo de Macondo. Muchos críticos de literatura aspiran a creer que la representación del espíritu de Mauricio, convertido en mariposa, se esparcía por aquel pueblo solitario para invadir su miseria y transformarla en amarilla esperanza. Yo prefiero creer que fueron miles de espíritus que reinaban en el silencio de Macondo los que acudieron a aquel pueblo aquella tarde para darle la bienvenida a Mauricio Babilonia a un nuevo reino. Y es que Macondo era una especie de ciudad de los espíritus, casi contrastando con las palabras de Allende.

Todo libro parece estar empañado por un cómplice del espíritu y lo espiritual. ¿Y cómo no va estarlo, si el pincel, la brocha,el lápiz, la pluma, se encuentran en lo profundo, en lo escondido que quiere salir y convertirse en lienzo, hoja, papel… mejor aún: HISTORIA? ¿No es la historia un conjunto de memorias? ¿No son los espíritus, memorias?

Una memoria amarilla, como las mariposas, como Macondo al atardecer…

Yo veo pasar a mi lado una mariposa amarilla. Y sonrío. Los espíritus de la historia deben saber que yo me acuerdo de ellos de vez en vez, que los veo en el presente y en las calles vacías, y los convierto en palabras con significados.

Sonríe cada vez que veas una mariposa amarilla. En su aletear se esconde el saludo de un espíritu que vaga perdido en la búsqueda de sus iguales.